dilluns, 22 de novembre de 2010

La calle sucia, el viejo, la monja, un pueblo sureño, pero sobre todo el azar

                                                                        
Me cuenta mi amiga A. que ha recibido un mail de nuestra amiga T., que anda recorriendo varios países Iberoamericanos en calidad de turista solidaria.
En uno de estos países, entre la contaminación, los soldados a sueldo de los hoteles, y la pobreza paró en un puestecillo ambulante a comprar una de agua embotellada. Se encontró con que el viejo, reconoció al instante su acento español, y, además supo ubicarla exactamente dentro de la península por el acento.
Y pasó a contarle que, con sólo 20 años, partió de El Salvador a un pequeño pueblo del litoral levantino, para ingresar en una orden franciscana. Aquellos años, fueron los más felices de su vida, ya que por una parte se había cumplido su sueño de servir a Dios, y por otra parte, conoció el amor, en este caso de una monja.
Años de felicidad plena fueron truncados cuando, entre la correspondencia a escondidas que la aspirante a monja y el entonces aspirante a monje se intercambiaban, fue interceptada por un superior de alguno de los dos conventos, y el amor fue descubierto. A ella, que era del pueblo, no le pasaba nada, pero él fue deportado a su país.
Y todavía, casi cincuenta años después, el aspirante a monje y la aspirante a monja seguían escribiéndose cartas.
De lo que fue, de lo que no fue, de lo que pudo haber sido.
Sabemos que él no llegó a ser monje porque se lo contó a T. enmedio de una calle sucia de El Salvador. Sabemos que ella no llegó a ser monja porque fue nuestra profesora de preescolar (de A., de T., mía) en un colegio laico.
Y sabíamos desde el principio cuál era el pueblo de la costa levantina,
donde el viejo,
nuestra profesora,
y nosotras
habíamos pasado los años más felices de nuestra vida.